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La mateada

Qué vieron tus ojos en ese cuadro

Qué vieron esos ojos cuando vieron una foto en ese cuadro que se te apareció de repente, cuando levantaste la cámara, cuando miraste los vidrios descoloridos en esa ventana tan particular.

Ahí están, vaya a saber desde cuándo, la pared sucia de moho, el sol en picada, la sombras y las marcas de la lluvia que traspone un techo que imagino traslúcido... la puerta, el pasillo... los años que encierra y las voces que –supongo- sonaron por décadas a través de esa larga y angosta ventanita de una docena de recuadros, limpiados vaya a saber por qué manos... iluminando qué ambiente.

No pudo dejar de mirarlo; se me aparecen mil historias encerradas sin tener en cuenta ni al hombre frente al túnel por el que ya escapa su vida ni la mesa de bar, de confesiones, de llanto, de risas, de cartas, de juegos, de tragos... como tampoco a esas cuatro sillas desparejas... viejas, históricas, que representan a más de cuatro décadas.

Esas paredes rosaditas me insinúan un par de fiestas modestas, la ropa de trabajo, una discusión gremial, un secreto compartido, el rebote del algún grito de alegría y otro grito descontrolado. Y risas, muchas risas. Voces entremezcladas en años que dejan escapar alguna carcajada y quizás un par de llantos: es una esquina extraña que no se si alguna vez conoceré, pero confieso que atrajo mi atención. Hay olor y manchas de humedad –lo percibo- en este cuadro tan particular que atrae –insisto-, mi mirada perdida, a cada rato.

Imagino tus ojos descubriendo esa imagen que habla en cada centímetro pero no logro descubrir si vieron lo que yo miro: la charla ausente entre dos que no son o que no están; una voz compañera de lo que parece una vieja radio en esa silla a la que –imagino- ya le saltó el cromado. La puerta cerrada que impide el paso de quien no está invitado deja, sin embargo, pasar la luz que ilumina la ausencia y que compite, con qué fuerza, con ese hombre viejo y de andar cansino que me permite adivinar su postura y su sostén, en contraste también con los brotes tiernos de un árbol indefinido que se adivinan detrás de los vidrios grisáceos, presentados en cubos, justo donde la luz le pone barras perpendiculares, en un juego caprichoso de geometría imperfecta.

Qué vieron, me pregunto por décima vez, esos ojos que vieron una ventana larga con 48 cubos en el centro de la escena, con otro ambiente que lo enmarca y lo preserva, a pesar del escape caprichoso que sale hacia la izquierda, ilimitado, pero donde se concentra la vida y la voz.

Hay una mano que se aferra con fuerza a esa vara que garantiza un poco de vida mientras la otra, más abajo, empuja o sostiene ese gesto de subir o bajar que sólo vos podrás contarlo...

2 comentarios

Javi -

Por favor, qué frase.... "La puerta cerrada que impide el paso de quien no está invitado deja, sin embargo, pasar la luz que ilumina la ausencia y que compite, con qué fuerza, con ese hombre viejo y de andar cansino que me permite adivinar su postura y su sostén, en contraste también con los brotes tiernos de un árbol indefinido que se adivinan detrás de los vidrios grisáceos, presentados en cubos, justo donde la luz le pone barras perpendiculares, en un juego caprichoso de geometría imperfecta".
No se qué describis pero te juro que imagino el cuadro con tanto realismo que me dio piel de gallina. Texto espectacular... felicitaciones.

Mario -

Dale, dale, escribí...., escribí.... que te sigo desde el principio y la verdad, me gusto como te expresas... pero quiero mas, mas, daleeeeee....