Los primeros pasos
Su primer carreteo, ese que le permitiría comenzar a volar, nada más y nada menos que en medio de un amor prohibido.
El calor de la tarde era insoportable. Carlos subió con prisa al ómnibus en busca del aire acondicionado. Faltaban unos diez minutos para partir y el viaje hacia Posadas le permitiría unas dos horas de sueño. Se acomodó atrás, en los últimos asientos, para estar más cómodo y ya sentado, fijó la vista en unos seis, quizás siete jóvenes que despedían casi seguro al flaco con mochila al hombro. No conocía a ninguno.
Ellos reían ante la broma aleatoria, constante. Estaban ubicados al costado del coche, sobre la gran explanada de la terminal ubicada a unas dos horas de viaje hacia la capital de la provincia. Carlos no sabe por qué pero los comenzó a mirar. Enseguida se dio cuenta que el viajero estaba nervioso y esforzaba un buen humor; y que otro de los chicos, de bermuda floreada y musculosa estaba igual. No hablaba mucho y su risa parecía impuesta. No tuvo que mirar demasiado para notar que los dos estaban tristes y que se esforzaban por ocultarlo.
Cuando llegó el momento de partir, comenzaron a despedirse: abrazos, golpecitos de puño, gastadas, hasta empujones y carcajadas. Y un abrazo conmovedor, con fuerza y ternura, diferente al resto, entre los dos pibes que más le habían llamado la atención. Parecía un abrazo prohibido frente a la vista de todos. Cuando de separaron, sólo Carlos notó que el chico de la bermuda lagrimeaba mientras el otro subía al ómnibus.
"Lo que es la adolescencia y la amistad", pensó justo cuando el pibe de la mochila, ya sin ella, se desplomó en el asiento contiguo, tratando de disimular las lágrimas que se les escapaban de entre los dedos de una mano nerviosa con la que se tomaba la cara.
No dijo nada. Lo dejó llorar un rato pero el chico no lograba calmarse. Carlos preocupado preguntó: "Flaco, ¿te sentís bien?". Y el pibe soltó su angustia. Y lloró con más fuerza.
Carlos nunca logró dormir. Supo, en cambio, que entre esos dos varones había algo más que una simple amistad. Simples, sencillos, cotidianos, esos chicos vivían un amor prohibido frente a la vista de todos. Sufrían, en ese momento y sin que nadie se haya percatado, su primera separación física sin cortar los vínculos sentimentales, sin animarse a compartirlo con alguien.
Estaban angustiados porque no sabían cómo manejarían de ahí en mas esa relación que se cortaba porque estudiarían en ciudades diferentes. Era tan fuerte la angustia y la desazón que ese chico habló por primera vez de su vida privada y lo hizo frente a un desconocido que se limitó a escuchar: "Estamos enamorados -desafió-, pero enamorados de verdad. No se, no me importa si está bien o está mal, sólo se que nos queremos y que queremos estar juntos". Y la voz se le volvió a quebrar.
Carlos pensó que una vez más las pasiones desmesuradas pagan un precio y que los sentimientos siempre se ponen a pruebas. Se conformó con saber que estaba frente a un tema tan viejo como la historia de la humanidad y que esos dos chicos (¿para bien, para mal?) lograron confrontar la pasión que sienten con la cordura y con la posición condenatoria que tendrían quienes supieran la historia. O quizás, también -pensó-, en el Puerto Rico actual muchos otros los apoyarían.
"Solo puedo escucharte, decirte que si hay sentimientos de por medio, se supone que está bien; pero no lo se, nunca me pasó...", disparó antes de ponerse a pensar, con urgencia, si no había dicho una torpeza. "Supongo que estará bien... porque en la Argentina, en el mundo en realidad, los amores prohibidos se definen de esa manera de acuerdo a la época, al momento, a la cultura donde tengan lugar. Acordate, en la época de unitarios y federales, cuando Camila O´Gorman -¿te acordás de la película Camila?-, una chica de la "sociedad" porteña y el cura Ladislao Gutiérrez pagaron con sus vidas la historia de amor que vivieron, porque la Buenos Aires de entonces, y la propia iglesia, se escandalizaron. Pero a ustedes nadie los va a matar", disparó a modo de broma, pero el pibe no sonrió.
El llanto era la manifestación de la angustia que sentían por no saber manejar la situación. No por el sentimiento en si mismo, explicó un joven ahora desenvuelto y un poco más tranquilo. Hablaba con Carlos como si lo conociera de toda la vida mientras hacía, de esa manera, su primera catarsis.
Comenzaba a caer la tarde cuando el ómnibus pasaba el peaje de Santa Ana. Eran los últimos días de un caluroso febrero de 2004. Adentro, Carlos seguía escuchando el relato de vida de un joven que comenzaba a vivir su vida de adulto y esperaba una pausa para decirle que hoy existe más permisos para aceptar otros tipos de vínculos. Como el chico seguía hablando, no se animaba a cortar su primer carreteo, ese que le permitiría comenzar a volar, "nada más y nada menos que en medio de un amor prohibido", pensó.
El calor de la tarde era insoportable. Carlos subió con prisa al ómnibus en busca del aire acondicionado. Faltaban unos diez minutos para partir y el viaje hacia Posadas le permitiría unas dos horas de sueño. Se acomodó atrás, en los últimos asientos, para estar más cómodo y ya sentado, fijó la vista en unos seis, quizás siete jóvenes que despedían casi seguro al flaco con mochila al hombro. No conocía a ninguno.
Ellos reían ante la broma aleatoria, constante. Estaban ubicados al costado del coche, sobre la gran explanada de la terminal ubicada a unas dos horas de viaje hacia la capital de la provincia. Carlos no sabe por qué pero los comenzó a mirar. Enseguida se dio cuenta que el viajero estaba nervioso y esforzaba un buen humor; y que otro de los chicos, de bermuda floreada y musculosa estaba igual. No hablaba mucho y su risa parecía impuesta. No tuvo que mirar demasiado para notar que los dos estaban tristes y que se esforzaban por ocultarlo.
Cuando llegó el momento de partir, comenzaron a despedirse: abrazos, golpecitos de puño, gastadas, hasta empujones y carcajadas. Y un abrazo conmovedor, con fuerza y ternura, diferente al resto, entre los dos pibes que más le habían llamado la atención. Parecía un abrazo prohibido frente a la vista de todos. Cuando de separaron, sólo Carlos notó que el chico de la bermuda lagrimeaba mientras el otro subía al ómnibus.
"Lo que es la adolescencia y la amistad", pensó justo cuando el pibe de la mochila, ya sin ella, se desplomó en el asiento contiguo, tratando de disimular las lágrimas que se les escapaban de entre los dedos de una mano nerviosa con la que se tomaba la cara.
No dijo nada. Lo dejó llorar un rato pero el chico no lograba calmarse. Carlos preocupado preguntó: "Flaco, ¿te sentís bien?". Y el pibe soltó su angustia. Y lloró con más fuerza.
Carlos nunca logró dormir. Supo, en cambio, que entre esos dos varones había algo más que una simple amistad. Simples, sencillos, cotidianos, esos chicos vivían un amor prohibido frente a la vista de todos. Sufrían, en ese momento y sin que nadie se haya percatado, su primera separación física sin cortar los vínculos sentimentales, sin animarse a compartirlo con alguien.
Estaban angustiados porque no sabían cómo manejarían de ahí en mas esa relación que se cortaba porque estudiarían en ciudades diferentes. Era tan fuerte la angustia y la desazón que ese chico habló por primera vez de su vida privada y lo hizo frente a un desconocido que se limitó a escuchar: "Estamos enamorados -desafió-, pero enamorados de verdad. No se, no me importa si está bien o está mal, sólo se que nos queremos y que queremos estar juntos". Y la voz se le volvió a quebrar.
Carlos pensó que una vez más las pasiones desmesuradas pagan un precio y que los sentimientos siempre se ponen a pruebas. Se conformó con saber que estaba frente a un tema tan viejo como la historia de la humanidad y que esos dos chicos (¿para bien, para mal?) lograron confrontar la pasión que sienten con la cordura y con la posición condenatoria que tendrían quienes supieran la historia. O quizás, también -pensó-, en el Puerto Rico actual muchos otros los apoyarían.
"Solo puedo escucharte, decirte que si hay sentimientos de por medio, se supone que está bien; pero no lo se, nunca me pasó...", disparó antes de ponerse a pensar, con urgencia, si no había dicho una torpeza. "Supongo que estará bien... porque en la Argentina, en el mundo en realidad, los amores prohibidos se definen de esa manera de acuerdo a la época, al momento, a la cultura donde tengan lugar. Acordate, en la época de unitarios y federales, cuando Camila O´Gorman -¿te acordás de la película Camila?-, una chica de la "sociedad" porteña y el cura Ladislao Gutiérrez pagaron con sus vidas la historia de amor que vivieron, porque la Buenos Aires de entonces, y la propia iglesia, se escandalizaron. Pero a ustedes nadie los va a matar", disparó a modo de broma, pero el pibe no sonrió.
El llanto era la manifestación de la angustia que sentían por no saber manejar la situación. No por el sentimiento en si mismo, explicó un joven ahora desenvuelto y un poco más tranquilo. Hablaba con Carlos como si lo conociera de toda la vida mientras hacía, de esa manera, su primera catarsis.
Comenzaba a caer la tarde cuando el ómnibus pasaba el peaje de Santa Ana. Eran los últimos días de un caluroso febrero de 2004. Adentro, Carlos seguía escuchando el relato de vida de un joven que comenzaba a vivir su vida de adulto y esperaba una pausa para decirle que hoy existe más permisos para aceptar otros tipos de vínculos. Como el chico seguía hablando, no se animaba a cortar su primer carreteo, ese que le permitiría comenzar a volar, "nada más y nada menos que en medio de un amor prohibido", pensó.
2 comentarios
Lucia -
Me encanto!!!
Julio -
las mateadas con amigos tmb lo son!...