Sábado eterno
Ahí están los paisajes eternos, imponentes, verdes, generosos. Arriba, desde donde alguna vez el hombre libró la batalla contra otros hombres, en defensa de la tierra, las voces suenan más puras y las intenciones se muestran más profundas. Y aunque nadie se conocía, no hizo falta más que un par de charlas para saber que la jornada sería provechosa.
Ahí están las piedras eternas. Y caminar sobre ellas fue caminar sobre la historia de pueblos, de luchas, de victorias y de fracasos. Ahí flamean orgullosas los símbolos nuestros, a un costado de la cruz eterna que se eleva vaya a saber en nombre o en homenaje a qué, o a quién. Despintada, de frente y espalda, a la vez, a ese río de los pájaros (el eterno Uruguay), la cruz marca la cima y sus puntas señalan el paisaje infinito para donde quieras mirar.
Los ojos asombrados van y vienen. El silencio indescriptible se quiebra con el viento entre los pocos árboles de la cima, aunque a sus pies el verde brama fuerte y despliega sus mil tonos que se corta con el agua rojiza o un pequeño tramo de una ruta asfaltada que serpentea caprichosa allá abajo, allá lejos.
Algunas risas quiebran el silencio mientras otras mentes viajan adentro, al fondo, con proyectos o con decisiones, tan solitarias, tan personales, tan presentes y tan abstractas. Y el viento juegan en ellos mientras ellos, asombrados, mirarán volar esos aguiluchos que transmiten mucha paz cuando baten, en armonía, esas alas filosas que cortan el cielo.
Ese inmenso verde se recorta desde el peñón de Mbororé por el río generoso que el hombre quiso que fuera un límite, pero ni el paisaje, la vista o las costumbres permitirán una división caprichosa. También imponente, el segundo río más importante de Misiones regala imagen a quienes pueden, quieren o logran posar sus ojos en esa cinta amarronada que baja con toda su historia a cuestas, esquivando barrancos cubiertos de floridos lapachos y piedras resistentes, esas que albergaron por un rato la emoción y los sueños de quienes caminaron su cima.
Y cuando un rato más tarde compartieron galletas, una rosca de chorizo, un poco de queso cáscara colorada y un vino tinto devenidos en un improvisado almuerzo, sentados en un potrero, en la misma orilla, ahí justo donde comienza el país caprichoso, sellaron para siempre una simple jornada, irrepetible, única, intensa, real, divertida, inolvidablemente eterna.
Fue un sábado cualquiera, cuando el invierno jugaba a las escondidas y los días cálidos se dejaban sentir, cuando el grupo partió sin rumbos, en busca de un momento. Misiones puso el paisaje y ellos, las ganas de compartir un pedazo de vida.
Ahí están las piedras eternas. Y caminar sobre ellas fue caminar sobre la historia de pueblos, de luchas, de victorias y de fracasos. Ahí flamean orgullosas los símbolos nuestros, a un costado de la cruz eterna que se eleva vaya a saber en nombre o en homenaje a qué, o a quién. Despintada, de frente y espalda, a la vez, a ese río de los pájaros (el eterno Uruguay), la cruz marca la cima y sus puntas señalan el paisaje infinito para donde quieras mirar.
Los ojos asombrados van y vienen. El silencio indescriptible se quiebra con el viento entre los pocos árboles de la cima, aunque a sus pies el verde brama fuerte y despliega sus mil tonos que se corta con el agua rojiza o un pequeño tramo de una ruta asfaltada que serpentea caprichosa allá abajo, allá lejos.
Algunas risas quiebran el silencio mientras otras mentes viajan adentro, al fondo, con proyectos o con decisiones, tan solitarias, tan personales, tan presentes y tan abstractas. Y el viento juegan en ellos mientras ellos, asombrados, mirarán volar esos aguiluchos que transmiten mucha paz cuando baten, en armonía, esas alas filosas que cortan el cielo.
Ese inmenso verde se recorta desde el peñón de Mbororé por el río generoso que el hombre quiso que fuera un límite, pero ni el paisaje, la vista o las costumbres permitirán una división caprichosa. También imponente, el segundo río más importante de Misiones regala imagen a quienes pueden, quieren o logran posar sus ojos en esa cinta amarronada que baja con toda su historia a cuestas, esquivando barrancos cubiertos de floridos lapachos y piedras resistentes, esas que albergaron por un rato la emoción y los sueños de quienes caminaron su cima.
Y cuando un rato más tarde compartieron galletas, una rosca de chorizo, un poco de queso cáscara colorada y un vino tinto devenidos en un improvisado almuerzo, sentados en un potrero, en la misma orilla, ahí justo donde comienza el país caprichoso, sellaron para siempre una simple jornada, irrepetible, única, intensa, real, divertida, inolvidablemente eterna.
Fue un sábado cualquiera, cuando el invierno jugaba a las escondidas y los días cálidos se dejaban sentir, cuando el grupo partió sin rumbos, en busca de un momento. Misiones puso el paisaje y ellos, las ganas de compartir un pedazo de vida.
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