Dos mil años
Hoy quiero que sepas algunas cosas que nunca te conté de mi, como cuando era chico y me pasaba horas sacando la cuenta para saber cuántos años iba a tener en el año dos mil y cuando la suma, una y otra vez, me daba 33, pensaba: ueeeeé, que grande voy a ser.
Cuando pensaba que en el dos mil iba a tener 33 años, inmediatamente me relacionaba con ese flaco de barba y túnica que dicen que nació, mirá vos, hace dos mil años. Y la verdad es que no se qué pensaba: quizás se me pudo ocurrir que porque tendría 33 años yo también sería una suerte de super héroe y que eso evitaría, por ejemplo, que me fajen por las macanas que hacía.
Hoy me acordé del día en que aprendí a andar en bicicleta: qué emoción (¡y qué porrazo!). Mi viejo sostenía la bici desde el asiento, desde atrás, y me daba vueltas y vueltas mientras yo hacía como que andaba solo pero en realidad él me sujetaba. Sabés que le convencí a mi viejo que se quede atrás y que no hable para que yo juegue a que andaba solo. Un día se cansó y me soltó; yo seguí sin darme cuenta hasta que le hablé y no me respondió, porque no estaba atrás: de la emoción, de darme cuenta que ya sabía andar en bici, me caí muy feo; fue uno de los porrazos más grande que tuve.
La vez que más vergüenza pasé fue a los 16 años, al día siguiente de mi primera borrachera, cuando tuve que enfrentar la mirada de mi vieja. Pensé que me iba a matar pero me dijo que eso, que emborracharse, a cualquiera le pasaba alguna vez en la vida.
Para otras enseñanza de la vida estuve solo. O de a dos. O con amigos.
Ya de grande, solo dos veces lloré casi sin consuelo: una cuando terminé el quinto año (no podíamos parar de llorar e hicimos llorar a toda la escuela) y la otra cuando se murió un amigo.
Días tristes en mi vida hubo muy pocos, pero hubo. Solía recordar aquellos en que me decepcionaron hasta que un día me enteré que yo también había decepcionado y entonces pensé que decepcionar a alguien podía ser involuntario. Y entonces esos días ya no me parecieron tan tristes.
Me acuerdo como si fuera hoy la primera vez que un niño me llamó señor y un adulto me trató de usted; y yo todavía me sentía un chico. Me acuerdo como si fuera hoy la primera vez que me preguntaron la profesión y ya no respondí estudiante sino periodista, pero con la voz quebrada.
Hoy me acordaba de aquel chico que hacía cuentas para saber cuántos años tendría en el año dos mil. Pensar que entonces no pensaba que en el año dos mil vos ibas a estar cerca, no sabía que vos no sabrías algunos momentos inolvidables de mi vida ni que podría llevarte en el corazón, porque formás parte mía y quien sabe cuándo, un día, nos cruzó la vida.
Aquel niño que sumaba con los dedos de la mano para saber cuánto faltaba para el año dos mil no sabía que en el año dos mil te iba a decir gracias, felices fiestas, te quiero mucho.
Cuando pensaba que en el dos mil iba a tener 33 años, inmediatamente me relacionaba con ese flaco de barba y túnica que dicen que nació, mirá vos, hace dos mil años. Y la verdad es que no se qué pensaba: quizás se me pudo ocurrir que porque tendría 33 años yo también sería una suerte de super héroe y que eso evitaría, por ejemplo, que me fajen por las macanas que hacía.
Hoy me acordé del día en que aprendí a andar en bicicleta: qué emoción (¡y qué porrazo!). Mi viejo sostenía la bici desde el asiento, desde atrás, y me daba vueltas y vueltas mientras yo hacía como que andaba solo pero en realidad él me sujetaba. Sabés que le convencí a mi viejo que se quede atrás y que no hable para que yo juegue a que andaba solo. Un día se cansó y me soltó; yo seguí sin darme cuenta hasta que le hablé y no me respondió, porque no estaba atrás: de la emoción, de darme cuenta que ya sabía andar en bici, me caí muy feo; fue uno de los porrazos más grande que tuve.
La vez que más vergüenza pasé fue a los 16 años, al día siguiente de mi primera borrachera, cuando tuve que enfrentar la mirada de mi vieja. Pensé que me iba a matar pero me dijo que eso, que emborracharse, a cualquiera le pasaba alguna vez en la vida.
Para otras enseñanza de la vida estuve solo. O de a dos. O con amigos.
Ya de grande, solo dos veces lloré casi sin consuelo: una cuando terminé el quinto año (no podíamos parar de llorar e hicimos llorar a toda la escuela) y la otra cuando se murió un amigo.
Días tristes en mi vida hubo muy pocos, pero hubo. Solía recordar aquellos en que me decepcionaron hasta que un día me enteré que yo también había decepcionado y entonces pensé que decepcionar a alguien podía ser involuntario. Y entonces esos días ya no me parecieron tan tristes.
Me acuerdo como si fuera hoy la primera vez que un niño me llamó señor y un adulto me trató de usted; y yo todavía me sentía un chico. Me acuerdo como si fuera hoy la primera vez que me preguntaron la profesión y ya no respondí estudiante sino periodista, pero con la voz quebrada.
Hoy me acordaba de aquel chico que hacía cuentas para saber cuántos años tendría en el año dos mil. Pensar que entonces no pensaba que en el año dos mil vos ibas a estar cerca, no sabía que vos no sabrías algunos momentos inolvidables de mi vida ni que podría llevarte en el corazón, porque formás parte mía y quien sabe cuándo, un día, nos cruzó la vida.
Aquel niño que sumaba con los dedos de la mano para saber cuánto faltaba para el año dos mil no sabía que en el año dos mil te iba a decir gracias, felices fiestas, te quiero mucho.
2 comentarios
Chico -
carlos -