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La mateada

"Nunca pensé..., pero me permito"

Es una mujer hecha y derecha, trabajadora, callada. Se pasa casi todo el día ocupada con actividades alternativas para ayudar a mantener el hogar. Un hijo en la facultad y uno o dos más todavía en la secundaria demandan mucho dinero y los dos sueldos de la casa no alcanzan de mucho.
El primer mate estaba espumante y sobre la mesa había un plato con galletitas sobre un mantel de lienzo pintado con frutas de la zona. Esta nerviosa pero decidida. "Siempre tuve miedo de dañar a alguien", disparó ante el único extraño que conocería la historia. "Esto se dio, no lo busqué...", agregó otra vez casi en tono de excusa. Hacía tiempo cebando y tomando mate, uno tras otro, sin pasarlo. Sonrió. Levantó la vista y comenzó a contar, desde el principio, pero en forma desordenada.
"Estoy enamorada de un chico mucho menor que yo... y te decía, que tengo miedo de dañar a alguien, a este chico, a mis hijos, incluso a mi marido... No me parece importante la edad sino que nos queremos; la forma en que vivimos esto, las cosas que tenemos que hacer para vernos... lo divertido que termina siendo esta situación en medio de un cuadro sumamete patético si lo mirás de afuera: la veterana y el pendejo. Hay veces que la situación es confusa porque yo no busqué esta situación sino que se terminó dando. El es amigo de mi hijo, es un poquito más grande que mi hijo mayor pero comenzó a venir a casa porque son amigos...". Hacía menos de cinco minutos que se habían sentado a hablar y el mate ya estaba lavado, la yerba batida y un par de galletitas en la mesa hechas polvo, por la presión de unos dedos nerviosos que no sabían dónde posarse.
"Esto es un amor prohibido. ¿Sabés las veces que me imaginé que todo se hacía público y que me iba con él...?, pero no lo haría nunca. Estoy conciente de mi lugar en esta comunidad, de mi posición de mujer casada. Se que la diferencia de años está presente y que un día, dentro de poco o dentro de mucho, él va a encontrar a una chica de su edad con quien formar una familia...", dijo una mujer madura, nerviosa y enamorada mientras sus ojos buscaban aceptación.
"¿Alguien conoce esta situación...?", fue parte de una pregunta interrumpida con un contundente "No. No. Nadie. Te juro que nadie", antes de dar paso a otro gesto, entre tantos, de reconocimiento: "el, a pesar de su edad, no se lo contó a nadie y eso me sorprende. Dice que quiere protegerme... Yo lo amo..., creo que lo voy a amar siempre".
"Nosotros no tenemos problemas con la edad..., aunque al principio eso me frenaba..., no podía engancharme con un chico menor, pero me hace sentir vida... me hace sentir querida... Hay veces que quiero que todo se sepa, otras que nunca haya pasado..., hay veces que solo pienso en cuánto me voy a divertir la próxima vez que estemos juntos. Me asusta cuando lo veo salir con mi hijo..., son muy compinches y muchas veces imagino que en esas salidas, se pasan con los tragos y le termina contando. Eso me angustia.
Pasó casi una hora de charla. Hubo detalles de la relación, situaciones divertidas de mentiras y encuentros, lágrimas y risas. Hubo una serie interminable de autorreproches y de "esto me permito"; hubo reflexión: "no daño a nadie, solo acepté vivir la porción de felicidad que me tocó en suerte".
Entre tantas palabras, en medio de enfrentarse por primera vez a una historia sobre la que no hay que hablar, esta mujer segura y tranquila, esta persona enamorada dijo que sentía que si su historia tomaba estado público con nombres y apellidos, en una sociedad como la de estos publos pequeños sería tan escandalosa como los escándalos que provocaban los romances entre una mujer blanca y un hombre negro en los Estados Unidos de hace un siglo.
Pero decidió vivir lo que le toca, pensando en si alguna vez todo esto sería diferente. En por qué sucedió. E que habría pasado si no se animaba nunca.

De leyenda, de amor y de juegos
Dice un cuento que todas las emociones y los sentimientos jugaban al juego de las escondidas. Le tocó a La Locura contar y para ello, se apoyó en un árbol y mientras los demás se escondían, ella contaba: "1000, 2, 6, 75, 89, 300..." sin órden contaba, así, como es la locura, y cada uno se escondió como pudo y ella, uno a uno los fue descubriendo.
Piedra Libre!!! Y descubrió a la tristeza detrás de un sauce llorón; a la ingenuidad que se había escondido detrás de una piedra y se había tapado los ojos pensando que asi no la descubrirían... y encontró al miedo en un hueco y al único que no pudo encontrar es al amor, que estaba muy oculto detrás de una hojas. Por más que la locura miraba para todos lados no lo pudo encontrar.
Entonces se acercó La Traición y fiel a su estilo se acercó a La Locura y le susurró al oído: "Está ahí, detrás de las hojas”. La locura miró pero como la locura es medio ciega, la traición le dijo: "Tomá el tridente y pinchá las hojas para que salga!!!, asi lo hizo pero El Amor no salió. El tridente se llenó de gotas de sangre y entonces La Locura sacó las hojas y se dio cuenta que le había pinchado los ojos al Amor.
“Cuanto lo siento hermano, yo no quise hacerte daño. Déjame remediarlo y para compensarte mínimamente lo que te hice, de ahora en adelante seré tu guía”.
Cuenta la leyenda que desde entonces el amor es ciego y la locura lo lleva."

Los primeros pasos

Su primer carreteo, ese que le permitiría comenzar a volar, nada más y nada menos que en medio de un amor prohibido.

El calor de la tarde era insoportable. Carlos subió con prisa al ómnibus en busca del aire acondicionado. Faltaban unos diez minutos para partir y el viaje hacia Posadas le permitiría unas dos horas de sueño. Se acomodó atrás, en los últimos asientos, para estar más cómodo y ya sentado, fijó la vista en unos seis, quizás siete jóvenes que despedían casi seguro al flaco con mochila al hombro. No conocía a ninguno.
Ellos reían ante la broma aleatoria, constante. Estaban ubicados al costado del coche, sobre la gran explanada de la terminal ubicada a unas dos horas de viaje hacia la capital de la provincia. Carlos no sabe por qué pero los comenzó a mirar. Enseguida se dio cuenta que el viajero estaba nervioso y esforzaba un buen humor; y que otro de los chicos, de bermuda floreada y musculosa estaba igual. No hablaba mucho y su risa parecía impuesta. No tuvo que mirar demasiado para notar que los dos estaban tristes y que se esforzaban por ocultarlo.
Cuando llegó el momento de partir, comenzaron a despedirse: abrazos, golpecitos de puño, gastadas, hasta empujones y carcajadas. Y un abrazo conmovedor, con fuerza y ternura, diferente al resto, entre los dos pibes que más le habían llamado la atención. Parecía un abrazo prohibido frente a la vista de todos. Cuando de separaron, sólo Carlos notó que el chico de la bermuda lagrimeaba mientras el otro subía al ómnibus.
"Lo que es la adolescencia y la amistad", pensó justo cuando el pibe de la mochila, ya sin ella, se desplomó en el asiento contiguo, tratando de disimular las lágrimas que se les escapaban de entre los dedos de una mano nerviosa con la que se tomaba la cara.
No dijo nada. Lo dejó llorar un rato pero el chico no lograba calmarse. Carlos preocupado preguntó: "Flaco, ¿te sentís bien?". Y el pibe soltó su angustia. Y lloró con más fuerza.
Carlos nunca logró dormir. Supo, en cambio, que entre esos dos varones había algo más que una simple amistad. Simples, sencillos, cotidianos, esos chicos vivían un amor prohibido frente a la vista de todos. Sufrían, en ese momento y sin que nadie se haya percatado, su primera separación física sin cortar los vínculos sentimentales, sin animarse a compartirlo con alguien.
Estaban angustiados porque no sabían cómo manejarían de ahí en mas esa relación que se cortaba porque estudiarían en ciudades diferentes. Era tan fuerte la angustia y la desazón que ese chico habló por primera vez de su vida privada y lo hizo frente a un desconocido que se limitó a escuchar: "Estamos enamorados -desafió-, pero enamorados de verdad. No se, no me importa si está bien o está mal, sólo se que nos queremos y que queremos estar juntos". Y la voz se le volvió a quebrar.
Carlos pensó que una vez más las pasiones desmesuradas pagan un precio y que los sentimientos siempre se ponen a pruebas. Se conformó con saber que estaba frente a un tema tan viejo como la historia de la humanidad y que esos dos chicos (¿para bien, para mal?) lograron confrontar la pasión que sienten con la cordura y con la posición condenatoria que tendrían quienes supieran la historia. O quizás, también -pensó-, en el Puerto Rico actual muchos otros los apoyarían.
"Solo puedo escucharte, decirte que si hay sentimientos de por medio, se supone que está bien; pero no lo se, nunca me pasó...", disparó antes de ponerse a pensar, con urgencia, si no había dicho una torpeza. "Supongo que estará bien... porque en la Argentina, en el mundo en realidad, los amores prohibidos se definen de esa manera de acuerdo a la época, al momento, a la cultura donde tengan lugar. Acordate, en la época de unitarios y federales, cuando Camila O´Gorman -¿te acordás de la película Camila?-, una chica de la "sociedad" porteña y el cura Ladislao Gutiérrez pagaron con sus vidas la historia de amor que vivieron, porque la Buenos Aires de entonces, y la propia iglesia, se escandalizaron. Pero a ustedes nadie los va a matar", disparó a modo de broma, pero el pibe no sonrió.
El llanto era la manifestación de la angustia que sentían por no saber manejar la situación. No por el sentimiento en si mismo, explicó un joven ahora desenvuelto y un poco más tranquilo. Hablaba con Carlos como si lo conociera de toda la vida mientras hacía, de esa manera, su primera catarsis.
Comenzaba a caer la tarde cuando el ómnibus pasaba el peaje de Santa Ana. Eran los últimos días de un caluroso febrero de 2004. Adentro, Carlos seguía escuchando el relato de vida de un joven que comenzaba a vivir su vida de adulto y esperaba una pausa para decirle que hoy existe más permisos para aceptar otros tipos de vínculos. Como el chico seguía hablando, no se animaba a cortar su primer carreteo, ese que le permitiría comenzar a volar, "nada más y nada menos que en medio de un amor prohibido", pensó.

Estás presente

Acá estoy, con el nudo en la boca del estómago y la ansiedad a mil revoluciones por minuto dentro mío. Algo pasa cuando pienso en vos y aunque me doy cuenta que no es nada, porque no hay nada, también se leer a mi interior, que de alguna manera me dice que se revoluciona porque espera aquel ideal, la entrega desenfrenada, la pasión sin restricciones.
Razón y sin razón enfrentadas en un mismo cuerpo; imposible dejar de sonreír, yo, cuando me acuerdo tu propia sonrisa o las charlas tranquilas que aprendimos a tener estas madrugadas. Charlas que estoy seguro, están llenas de esperanzas, de ansiedad, de preguntas sin respuestas: me gustará? Le gustaré? Me pondrá la piel de gallinas tocar su piel? Sabrá que soy yo cuando lo toque? Sentiré su calor interno? Se dará cuenta que voy entregado hasta el cuello y que aún así, no espero nada ni prometo nada? Cómo se verán sus manos entre las mías? Abrazaré sus pies con mis pies? Será diferente esta vez?
Podría quedarme horas escribiendo pero de verdad el pecho estalla de ansiedad; no hace falta siquiera que me diga “pará”, “tranquilo”, “no te apures”, porque nunca perdí la conciencia del lugar donde estoy parado, pero al mismo tiempo, “maldito villano”, el interior despierta y juega sus propias reglas mientras demanda, presiona, calienta... hierve.
Me prometo conocerte, la promesa arrancada entre comunicaciones que se cortan y cámaras que no emiten, toma demasiado sentido; ya es una necesidad para ver como miran tus ojos o tocan tus manos; para sentir tu voz cálida y entonada, para saber si de verdad curvás la cara cuando te sonrojás o si es verdad que te tapás la boca cuando mi osadía supera esa actitud tan medida que tenés conmigo.
Si fue bueno conocerte, comenzar a disfrutarte es mucho mejor todavía. Saber que estás me arranca una sonrisa y me acelera el corazón. Cuando fijo la vista en cualquier lugar, aparece esa carota inmensa de repente y mientras lamento la distancia, disfruto también haberme dado cuenta que existís.
Te tengo presente siempre.

Mis himnos

Oíd mortales el grito sagrado bajo un hermoso y dulce cielo guaraní: libertad, libertad, libertad, mientras reluce eterna la aurora felíz.
Oíd el ruido de rotas cadenas en la esmeralda de tu selva como el mar. Ved en trono a la noble igualdad con cien caminos de mágico rubí.
Ya su trono dignísimo abrieron, bajan las aguas del gran Río elemental, sobre tu flanco, maduro el sol, carne vibrante el corazón de la espesura o son un misterio impenetrable, en la noche azul.
En las provincias unidas del sud, Misionerita, un corazón canta y los libres del mundo responden, al gran pueblo argentino, salud. Endecha tierna de rendido amor, en el homenaje a tu heroica tierra deja el acento de mi corazón.
Tiembla en el pecho de tu voz el canto: sean eternos los laureles que supimos conseguir, con voz de guitarra, la dulce ilusión. Coronados de gloria vivamos o juremos con gloria morir: que es hechizo que regalas a los vientos que te arrullan con ternura, en tu esplendor.

Qué alegría saber que estás en camino

Tu viejo nunca me contó nada en forma directa sino que siempre disparó las cosas como al azar, suponiendo que yo conocía los datos previos: para contarme que se casaba me habló del lugar donde sería la fiesta o para decirme que se compró uno de los primeros celulares con tecnología GSM (si, ya se, reíte tranquilo: ¡qué antigüedad la tecnología GSM!!!) me pidió que lo llamara para ver cómo debía agendar el número, de acuerdo a cómo le aparecía en la pantalla del celular: así me dijo “me caso” o, fanático de la tecnología, “compré el último fono”.
Tu madre siempre habla fuerte, como enojada con el mundo pero te juro que es sólo su manera de ser; ella siempre me hace pata, coincide conmigo, para bardear (de hacer bardo, quilombo, ruido, gastadas, molestias, así decimos en estos tiempos) a Guillermo porque él siempre anda con ideas extrañas y siempre, si, siempre, tiene que dar la nota.
Hace una semana, como de casualidad, en una esquina cualquiera que nos juntó una tarde mientras yo daba vueltas por el centro, Guillermo se apareció de pronto y entre pitos y flautas (otra expresión eterna), dijo algo así como que no podía gastar porque tenía que guardar “guita” para mantener a su hijo.
Yo lo conozco. Se que es un juego. Siempre supe que es su manera de compartir, de decir, en otras palabras, lo que quisiera expresar a los gritos y en medio de abrazos y saltos y empujones pero no, eso no: mantiene la compostura y te lo dice como al pasar.
Así, hace sólo una semana, me enteré que Maru y Guille serán padres y que vos estabas en camino. Y me emocioné.
Desde ese mismo momento tuve la idea de escribirte, de contarte algunas cosas sobre tus viejos y la emoción que me produjo esta noticia. Con Guillermo reí y lo felicité mientras por dentro, la emoción trataba de aflojar las lágrimas.
Te buscaron. Estaban en eso desde hace tiempo y de la manera en que los conozco, se lo que habrán sentido, aunque no revolearon nada ni se pusieron a bailar en bolas en medio de la calle. Me tragué las lágrimas y lo miré a los ojos: él estaba como si nada, contento si, pero como si tuviera todo bajo control. Sus ojos, los mismos que miro desde hace más de veinte años y que no me mienten, tampoco mintieron esta vez: estaba contento y su alegría tenía también la alegría de María Eugenia, a quien también la imagino eufórica mientras conservan la calma. Los dos.
Esta forma indirecta de comenzar esta carta, como si nada, como al pasar, es la misma manera que utiliza Guillermo para contarme las cosas: esta es tu primera carta o escrito electrónico (vaya a saber cómo se llamará cuando puedas leer y comprender esto) que te escribo para que conozcas algunas cosas de tus viejos. Esta carta, a pocos días de la noticia de tu futuro nacimiento, me llena de mucha emoción por ellos (a quienes conozco) y por vos (a quien no logro imaginar).
Todavía falta todo: la panza, el nacimiento, los llantos, las risas, las morisquetas, ¡las boludeces que te van a poner!, los primeros pasos, los golpes, el “mamama” y el “papapa” hasta que te salga “mamᔠy que te salga “papᔅ
Faltan, y me río por ello, las discusiones cuando no se pongan de acuerdo por permitirte o no permitirte, por dejarte o no dejarte, por si verde, si azul, si negro, si blanco…
Si lo estás leyendo, sabés bien de qué se trata. Ahora que lo escribo, la emoción deja lugar a la sonrisa y trato, imagino, me esfuerzo, dónde estarás leyendo esto, a quiénes le vas a mostrar, con quién te vas a burlar primero de las “huevadas” (así llamamos también a las cosas sin importancia) que te escribieron una vez, hace tanto tiempo y que en algún momento, cuando seas más grande, te parecerán más importante.
Te das cuenta, falta todo, pero también ya somos muchos los que al saber que estás en camino, te sentimos entre nosotros y nos morimos de ganas de tenerte en los brazos mientras tus manitas se aferrarán a nuestros dedos que parecerán enormes y te sentirás protegido, porque estarás protegido entre quienes ya están aprendiendo a quererte y a quienes te querrán después.
Hoy quiero que sepas que los que sabemos que estás viviendo, todos los que lo sabemos, tenemos una alegría enorme.
La noticia de tu nacimiento me emocionó muchísimo y pensé en escribirte este post para comenzar a darte la bienvenida. También ya estoy seleccionando algunas cosas que te quiero contar de tus viejos pero eso lo vamos a hablar personalmente: algunas, con un mate de por medio y otras, cuando puedas compartir un vino.
Hasta tanto, todos te vamos disfrutando. Y vos y yo, nos estamos viendo un día de estos (hoy es viernes 13 de agosto de 2004).

Sábado eterno

Ahí están los paisajes eternos, imponentes, verdes, generosos. Arriba, desde donde alguna vez el hombre libró la batalla contra otros hombres, en defensa de la tierra, las voces suenan más puras y las intenciones se muestran más profundas. Y aunque nadie se conocía, no hizo falta más que un par de charlas para saber que la jornada sería provechosa.
Ahí están las piedras eternas. Y caminar sobre ellas fue caminar sobre la historia de pueblos, de luchas, de victorias y de fracasos. Ahí flamean orgullosas los símbolos nuestros, a un costado de la cruz eterna que se eleva vaya a saber en nombre o en homenaje a qué, o a quién. Despintada, de frente y espalda, a la vez, a ese río de los pájaros (el eterno Uruguay), la cruz marca la cima y sus puntas señalan el paisaje infinito para donde quieras mirar.
Los ojos asombrados van y vienen. El silencio indescriptible se quiebra con el viento entre los pocos árboles de la cima, aunque a sus pies el verde brama fuerte y despliega sus mil tonos que se corta con el agua rojiza o un pequeño tramo de una ruta asfaltada que serpentea caprichosa allá abajo, allá lejos.
Algunas risas quiebran el silencio mientras otras mentes viajan adentro, al fondo, con proyectos o con decisiones, tan solitarias, tan personales, tan presentes y tan abstractas. Y el viento juegan en ellos mientras ellos, asombrados, mirarán volar esos aguiluchos que transmiten mucha paz cuando baten, en armonía, esas alas filosas que cortan el cielo.
Ese inmenso verde se recorta desde el peñón de Mbororé por el río generoso que el hombre quiso que fuera un límite, pero ni el paisaje, la vista o las costumbres permitirán una división caprichosa. También imponente, el segundo río más importante de Misiones regala imagen a quienes pueden, quieren o logran posar sus ojos en esa cinta amarronada que baja con toda su historia a cuestas, esquivando barrancos cubiertos de floridos lapachos y piedras resistentes, esas que albergaron por un rato la emoción y los sueños de quienes caminaron su cima.
Y cuando un rato más tarde compartieron galletas, una rosca de chorizo, un poco de queso cáscara colorada y un vino tinto devenidos en un improvisado almuerzo, sentados en un potrero, en la misma orilla, ahí justo donde comienza el país caprichoso, sellaron para siempre una simple jornada, irrepetible, única, intensa, real, divertida, inolvidablemente eterna.
Fue un sábado cualquiera, cuando el invierno jugaba a las escondidas y los días cálidos se dejaban sentir, cuando el grupo partió sin rumbos, en busca de un momento. Misiones puso el paisaje y ellos, las ganas de compartir un pedazo de vida.

¡Que cambiados están!

Hacía mucho tiempo que no estábamos todos juntos y el casamiento de Guillermo volvió a reunirnos. El secundario nos hizo amigos y a lo largo de los trece años que pasaron desde que dejamos el quinto año, supimos mantener a puro esfuerzo y cariño, la amistad de la que gozamos hoy en día, cuando los sueños de adolescentes son, en definitiva, preocupaciones más tangibles.
Que cambiados que están todos. Las caras aniñadas tienen la misma alegría de siempre pero ellas llevan los proyectos en los que estamos todos embarcados.
Las manos que se pasaban los discos de vinilo o las entradas al boliche se siguen estrechando con la misma fuerza que entonces, pero ahora acarrean otros sueños.
Raúl y Esteban me llamaron muy temprano. Llegaron con el amanecer y fui a buscarlos a la terminal. Hicieron más de mil kilómetros para estar en el casamiento que volvería a reunirnos como lo hacíamos antes. Iban a estar todos, o casi todos, y nadie quería faltar a la cita.
Recién cuando los volví a ver me di cuenta de cuánto los extrañaba. Hacía un par de años que no nos sentábamos a conversar y con la charla llegaron las novedades. Raúl estaba por convertirse en padre y esa situación lo tenía feliz y ansioso. En dos días más Esteban cumplía 32 años y aunque sigue soltero, estaba pensando también en formalizar. Yo seguía en medio de las corridas entre el trabajo y mi alocada vida llena de proyectos.
Ahí estábamos los tres amigos hablando del pasado, del presente y del futuro; ahí nos atropellábamos por contar nuestras novedades y abriendo grandes los ojos ante las vivencias, propias y extrañas, pero recientes.
Qué alegría sentí al volver a verlos. Supe nuevamente que nunca estuve solo y que a pesar de la distancia, nuestra amistad sigue con la misma mística que supo lograr hace más de una década.
Estaremos todos tan cambiados, o seguiremos siendo los mismos que nos abrazábamos para bailar mientras escuchábamos el tema que gritaba vivencias que creíamos propias. Acaso no somos aquellos que sin previa cita nos encontrábamos todas las tardes para tomar un tereré. Habremos dejado de ser los chicos que prometíamos luchar por un mundo justo y solidario. Ya no lloraremos de alegría por la felicidad de los amigos, o de tristeza, por amores perdidos.
Será que nos olvidamos del sueño utópico de vivir todos muy cerca. Acaso los chicos perdieron la mano para sacar el asado justo a punto. No habremos pasado la etapa de las cargadas rotativas que tanta gracia causaban a quienes no estaban de turno. Ya no sonarán los teléfonos a la madrugada para avisarnos que están todos en la casa de alguno de nosotros. Ya no pondremos sal o picantes en el vaso del que estaba desatento.
Raúl y Esteban resumieron los dos últimos años de sus vidas haciendo comentarios uno sobre el otro, mientras preguntaron detalles recientes de mi vida y de quienes están cerca de donde vivo; se atropellaron para hablar, se rieron de situaciones gastadas que nos siguen pareciendo muy graciosas, como cuando Reinaldo pidió hamburguesas en un lugar que se llamaba Solo Pizza, cuando viajamos a Bariloche.
Me quedé pensando si habíamos cambiado o seguíamos siendo los mismos; no hizo falta decirnos con palabras cuántos nos queremos porque nuestras miradas, adultas y más calmadas, nos hizo sentir el afecto de siempre; el tono de nuestra voz abrazó al amigo que escuchaba atento nuestro hablar más pausado. Las risas tiradas al aire fueron aquellas que en el secundario festejaron como propias las alegrías ajenas. Y nuestro interior sintió la paz que deja saber que nuestra gente sigue ahí, muy cerca, aunque el tiempo y las distancias nos separen.
Si, creo que somos los mismos y que también hemos cambiado. Hablábamos del niño de Raúl que estaba por nacer y del proyecto de vida de Esteban mientras salíamos hacia el auto que nos llevaría al casamiento. De pronto, Esteban y Raúl salieron corriendo, a los empujones, peleando por llegar antes para sentarse adelante, en el auto, tal como lo hacían desde que nos conocimos, hace más de quince años.
Y me reí porque no lo podía creer. Estamos todos tan cambiados pero al final, seguimos siendo los mismos.
Esa noche, en medio de la fiesta, se me cruzó la mirada con el novio y cuando nos dimos cuenta, llorábamos los dos, abrazados. Llorábamos de alegría y de emoción. Qué cambiados que estamos todos. Pero seguimos siendo los mismos.

Simple, muy simple

Le gustan las cosas simples, sencillas, pero con significado. Claro que el significado dependerá de cada uno, dice cada que puede hacer esa aclaración. Una noche de sábado, en un cálido otoño que se parece más a la primavera, a la orilla del Paraná, mientras un grupo de bullangueros bailaba y reía al ritmo de un chamamé, pudo abstraerse y observar un largo rato.
Cree, contará después, que ahí mismo le dieron ganas de escribir, de contar las cosas opuestas que veía, como a ese grupo de adultos jóvenes que se zarandeaba a un ritmo conocido pero que no le era propio, por una cuestión generacional. El esfuerzo por demostrar que sabían y las morisquetas de sus cuerpos confirmaban lo que trataban de negar: la música, ese baile, no les era propio, aunque la escucharon y bailaron desde chicos. Pero sólo era una sana diversión, sin mayores significados aparentes.
El enorme predio, con césped verde, cuidado, del club ocasional, gritaba en silencio miles de significados: la brisa todavía fresca de una noche que debía ser fría en Misiones se colaba por los cuatro laterales descubiertos del enorme tinglado. Adentro, debajo de las chapas sin cielorraso, las luces de colores giraban frenéticas y, al escaparse por uno de sus lados, coloreaban el tronco de un añoso árbol de mango pintado de blanco, a la cal. El piso de cemento, con sus típicas grietas soportaba también, como tantas veces, los largos mesones armados de caballetes y tablones. Sobre ellos, el banquete: choripanes, sus salsas y aderezos, comida regional, los postres y la torta, además de los vasos con vinos, cervezas y gaseosas.
Alguien cumplía esa noche poco más de 30 años. El conocía a casi todos desde hace más de 20, la misma cantidad de años que vio repetirse ese tipo de escena cientos de veces. Y ahí estaban otra vez, como quizás estarán otras cientos de veces. Y sonrió.
Un enorme lapacho, que ya florece, mira al río desde vaya a saber cuánto tiempo. A un costado, el quincho más pequeño echa humo constante por la chimenea de una parrilla grande, sobre la que se renuevan chorizos y panes. Atrás, al fondo, después de un alambrado sujeto con postes bajos de madera, se alinean una veintena de autos impecables que reflejan la luz de una luna que nadie lograría ver, si quisiera, desde donde están.
Un aplauso repentino festeja la torpeza de algún descuidado que rompió una botella mientras el ritmo vuelve a cambiar por enésima vez; alguien arenga a la masa para que el baile no termine antes de que salga el sol, en honor al anfitrión.
El río está calmo. Bajo un cielo estrellado sus aguas se perciben oscuras, sucias, eternas. A pocos metros alguien fuma un cigarrillo mirando el vacío, la nada, quizás un poco abstraído del tiempo presente.
No sabe si es el que mira o el que fuma. Son dos personas distintas o quizás sea la misma. Por un segundo el tiempo no existe y esa fiesta lo remontó a los años mozos, cuando conoció en ese mismo lugar al amor de su vida.
El recuerdo se hizo presente y sintió el calor de aquel amor con la misma intensidad que entonces y vivió nuevamente sus años de adolescentes, caminados en el mismo club, divertidos en el mismo patio, soñado bajo la misma luna.
Cerró los ojos y sintió como en aquellos tiempos las mismas voces, las mismas alegrías, las expresiones tan conocidas y no existió, de repente, ni pasado ni presente porque siempre fueron los mismos. Nada había cambiado, pensó cuando un par de lágrimas de tanta emoción le corrieron por una mejilla para desaparecer en la misma arena que bajo sus pies también absorbió hace muchos años otras desilusiones.
Todo estaba como siempre, como hace mucho, como en el futuro. Sólo que esta vez la adolescencia desapareció de pronto, con una vocecita que lo trajo al presente:
-papito, ¿qué estás haciendo?...